Antología de Autor


SACRÍLEGA
Paula respiró hondo; la tarde languidecía y parecía que esa luz mortecina del día inundaba también todo su ser. La historia con Roberto había iniciado desde que ambos aún eran unos mocosos inmaduros; sobrevivieron a mil cosas juntos y, después de 12 años, solo hubo de parte del hombre un… «no te amo»… y de un plumazo se acabó todo lo construido. Ella no lloró, simplemente lo miró con desconsuelo; no articuló palabras, pues estas se quedaron atrapadas entre el corazón y los pensamientos. Lo vio alejarse y Paula no hizo nada, solo lo miró perderse entre las personas apuradas que esa tarde regresaban a casa. Dio media vuelta, ajustó su abrigo y caminó en silencio.
De pronto, las ideas dolorosas empezaron a atacarla injustamente, llenas de ira y de poco juicio. Se quedó de pie en medio de la acera y dejó que la misma oscuridad que empezó a devorar la tarde devorara también, como ponzoña, no solo la carne viva de su cuerpo, sino también sus pensamientos, avanzando con rapidez como cáncer maligno. Saboreó con amargura que cada milímetro de su ser se volviera siniestro e inmisericorde; cerró con fuerza los ojos y, justo en ese instante, la palabra VENGANZA se anidó, no solo en su pecho… pues quedó sembrada en su piel, en su sangre y en cada latir de su adolorido corazón. Sonrió malignamente, levantó una de sus cejas y con gesto violento se sacudió las lágrimas… Esa noche, su mente se quebró y en esas grietas enterró para siempre a la dulce Paula y erigió un monumento a la locura y la perversidad… Esa noche Paula murió y en su lugar solo quedó una mujer desahuciada por la vida, llena de rencor y de un infinito deseo de poseer no solo lo que se le había arrebatado… Paula lo quería todo.
—¿Trabajarás? —dijo Ernestina mientras Paula acomodaba un emparedado en su mochila.
—No, pasaré la tarde en el parque —contestó la chica; se calzó la mochila y salió de prisa.
Ernestina, su compañera de piso, la vio alejarse con cierta preocupación, pues desde hacía algunos días había observado que su amiga ya no era la misma: no dormía, hablaba a solas y su mirada a veces parecía perdida.
Pasaron algunos días en los cuales Paula aparentó seguir una vida normal, aunque para ella normal no era lo común. Renunció a su empleo y dedicaba sus días a pasar horas deambulando por calles desiertas o llenas de gente; para la chica no había distinción. A veces se alimentaba y a veces no. Ernestina se sorprendió una noche, ya muy tarde, al regresar a casa, pues Paula canturreaba alegremente en la cocina. El ruido de sartenes y el chillar del aceite la hizo dirigirse directamente hasta ahí; se paró en el dintel de la puerta y sonrió.
—¿Viste la hora, mujer? Y tú cocinando… ¿A qué debo el honor? —agregó sonriente Ernestina.
Paula le sonrió feliz al tiempo que introducía un bocado de carne a su boca.
—¡Estoy feliz!… —exclamó Paula mientras daba volteretas por el pequeño espacio.
—Mmm… ¿Regresó Roberto? —preguntó Ernestina atisbando por el rabillo del ojo lo que sucedía en la cocina: varios kilos de carne aún chorreando líquido pegajoso, legumbres y especias regadas, el lavaplatos atiborrado de sartenes y enseres manchados de sangre. Algo no estaba bien.
Ernestina se quitó el abrigo y se acercó a Paula.
—¿Todo bien, Pau? —interrogó Ernestina, tomando por los hombros a su amiga. Algo en los ojos de la chica la delató: había perdido totalmente la cordura y ella lo adivinó enseguida. La tomó de las manos y literalmente la arrastró hacia la salita y la obligó a sentarse.
—¿Qué sucede, Pau? ¿Dónde está Roberto? —preguntó Ernestina, repasando con la mirada el piso, esperando encontrar alguna evidencia de crimen, pero solo en la cocineta había desorden; lo demás estaba en su lugar.
Paula seguía con la mirada extraviada y canturreando cosas sin sentido. La chica rebuscó en su bolsa y marcó el número de Roberto: directo a buzón… no contestó. Ernestina sintió un vuelco nauseabundo en el estómago. ¿Sería posible? ¿La carne sobre la encimera y los sartenes? Agitó la cabeza como queriendo alejar malos pensamientos y marcó a la policía. Muy pronto el lugar se llenó de oficiales husmeando aquí y allá. Uno de los elementos se acercó a Ernestina:
—Roberto Elizondo tiene dos días sin presentarse a su trabajo; una unidad va ahora a verificar su domicilio. A la señorita —dijo señalando a Paula— la pondremos bajo custodia y nos llevaremos algunas muestras de lo que hay ahí —haciendo una ligera inclinación hacia la cocina. En unas cuantas horas, todo quedó en silencio.
Ernestina se paseaba nerviosa por la sala, sosteniendo su teléfono y observándolo a cada minuto como si esperara algo. De pronto, este timbró y ella contestó con cierto nerviosismo.
—¿Sí?… —La voz de su interlocutor la calmó—. De acuerdo… espera un minuto.
Ella colgó y se dirigió de prisa a su habitación, tomó una pequeña maleta y salió con cautela del departamento. Afuera, un coche la esperaba.
—¿Todo bien? —preguntó Roberto, mientras tomaba la mano de Ernestina y se la llevaba a los labios tiernamente. Ella contestó nerviosamente:
—Sí… Vámonos.
Roberto aceleró y el coche se perdió en la noche. El caso de Paula quedó archivado sin más pistas que seguir. Aunque la carne era humana, no se pudo determinar a quién pertenecía. Ella terminó encerrada en el psiquiátrico. Roberto y Ernestina vivían tranquilamente en un pueblo enclavado en lo alto de la sierra, mientras en un frío y oscuro departamento el cadáver de un indigente se descomponía al lado de las cosas personales de Roberto Elizondo.


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